¿Qué grupo sanguíneo tenía Jesús? La pregunta más importante es otra

En los últimos días ha vuelto a difundirse una noticia que ha despertado la curiosidad de miles de personas.

Diversos estudios realizados sobre la Sábana Santa de Turín, el Sudario de Oviedo y algunos milagros eucarísticos señalan que la sangre analizada correspondería al grupo AB. Es un dato interesante que continúa siendo objeto de estudio y que invita a la reflexión.

Pero, como ocurre tantas veces, corremos el riesgo de detenernos en lo secundario y olvidar lo esencial.

Porque la pregunta que puede cambiar nuestra vida no es:

¿Qué grupo sanguíneo tenía Jesucristo?

Sino esta:

¿Qué significa esa Sangre que Él derramó por nosotros?

Una Sangre con precio infinito

La sangre de cualquier hombre sostiene la vida del cuerpo.

La Sangre de Cristo nos devolvió la vida sobrenatural.

Cada gota derramada en Getsemaní.

Cada gota caída bajo la corona de espinas.

Cada gota vertida durante la flagelación.

Cada gota que brotó de sus manos, de sus pies y de su Costado abierto.

Todo fue ofrecido por nuestra salvación.

No era solamente la sangre de un hombre justo.

Era la Sangre del Hijo de Dios hecho hombre.

Por eso la Iglesia la llama con razón la Preciosísima Sangre.

No existe tesoro más valioso sobre la tierra.

Un mes para contemplar el precio de nuestra redención

La Iglesia ha dedicado tradicionalmente el mes de julio a honrar la Preciosísima Sangre de Cristo.

No se trata de una simple devoción piadosa.

Es una invitación a recordar cuánto costó nuestra salvación.

Vivimos en una sociedad que ha perdido el sentido del sacrificio.

Queremos una felicidad sin renuncia.

Una vida sin cruz.

Un cristianismo sin conversión.

Pero basta mirar un Crucifijo para comprender que Dios eligió otro camino.

El camino de una Sangre derramada por amor.

¿Y nosotros?

Quizá la noticia sobre el grupo sanguíneo de Jesús despierte nuestra curiosidad durante unos minutos, pero la contemplación de Su Preciosísima Sangre debería transformar toda nuestra vida.

Cada Santa Misa hace presente sacramentalmente el mismo Sacrificio del Calvario.

Cada Comunión nos acerca a Aquel que no reservó ni una sola gota de Su Sangre para Sí mismo.

Este mes de julio puede ser una ocasión providencial para volver a esa fuente inagotable de misericordia.

Porque el mundo necesita muchas cosas.

Pero, sobre todo, necesita ser lavado nuevamente por la Sangre del Cordero.

Que no nos conformemos con conocer datos sobre la Sangre de Cristo.

Aprendamos, más bien, a venerarla, agradecerla y vivir de ella.

Solo quien comprende el precio de su redención puede comprender también el inmenso amor con que ha sido amado.

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