NOVENA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

1. Oraciones iniciales de todos los días

De rodillas ante la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, o delante del Santísimo Sacramento, haga la señal de la Cruz y comience con la siguiente alabanza:

Bendito sea el dulcísimo Corazón de Jesús. Alabado sea el amabilísimo Corazón de Jesús. Mil veces sea exaltado y glorificado el Corazón de Jesús, nuestro Dios, nuestro Redentor y nuestro amoroso Padre.

Acto de contrición para todos los días

Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío: creo en Vos, espero en Vos y os amo más que a mi vida, más que a mi alma y más que a todas las criaturas.

Me pesa, Señor; una y mil veces me pesa, con todo el corazón, haberos ofendido, solo por ser Vos quien sois, por ser mi Padre amoroso, por ser mi Jesús dulcísimo, digno de ser amado sobre todas las cosas.

Propongo firmemente, con la ayuda de vuestra divina gracia, no volver jamás a pecar. Quiero también reparar, por medio de esta devoción, mis tibiezas, mis frialdades y todos los ultrajes que con ellas haya hecho a vuestro dulcísimo Corazón.

Y quisiera reparar también, si me fuera posible, todos los ultrajes que habéis recibido en el Santísimo Sacramento de vuestro amor, durante el tiempo en que habéis permanecido expuesto a la adoración pública, tanto en los templos como en las calles.

Recibid, Jesús mío, este pequeño tributo de mi gratitud, unido al homenaje que os rinden vuestros devotos en todo el mundo cristiano, para mayor gloria de vuestro amabilísimo Corazón y exaltación de vuestro dulcísimo nombre.

Oración para todos los días

Alma mía, acude a la escuela del Sagrado Corazón. Tu divino Maestro, Cristo Jesús, te llama y te invita con el Corazón abierto.

Acepta esta preciosa invitación. Escucha su dulce voz. Contempla con atención las perfecciones de este divino modelo que te presenta. No salgas de esta escuela sin tomar la firme resolución de poner en práctica las lecciones que el Sagrado Corazón quiere darte. Pero antes de entrar, manifiéstale tu gratitud y tus buenos deseos con la siguiente oración:

Dulcísimo Jesús mío: no os bastó revestiros de nuestra frágil naturaleza humana para redimirnos y abrirnos las puertas del Cielo. Quisisteis, además, ser nuestro guía y Maestro, para enseñarnos el camino que debemos seguir hasta llegar a Vos.

Os doy gracias por este inmenso beneficio y deseo aprovecharlo con fidelidad. Aunque soy indigno de ser contado entre vuestros discípulos, os suplico humildemente que os dignéis admitirme en esta escuela de amor.

Haced que aprenda en ella las virtudes de vuestro amante Corazón, para que pueda ofreceros el mío, como desde ahora os lo ofrezco, en reparación por los ultrajes que habéis recibido de la ingratitud humana.

Concededme también la gracia que os pido en esta santa novena, si ha de ser para vuestra gloria, para bien de mi alma y conforme a vuestra divina voluntad.

Recibidme, divino Maestro, dentro de vuestro Corazón, y no permitáis que salga de Él sin quedar penetrado de sus mismos sentimientos.

Aquí cada persona puede hacer su súplica particular. Después se leerá el punto de meditación correspondiente a cada día.

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Primer día

Contempla cuán sublime fue la obediencia del Corazón de Jesús.

Él no solo obedeció perfectamente a su eterno Padre, haciéndose obediente, como dice el Apóstol, hasta la muerte, y muerte de Cruz. También quiso, siendo Dios y Señor de todas las criaturas, tomar la condición de siervo para servirlas y obedecer por amor.

Desde el primer instante de su Encarnación, podemos decir que el Corazón de Jesús se ofreció enteramente al Padre en un acto solemne de obediencia, sometiéndose en todo a su divina voluntad:

Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad.

Apenas había nacido, cuando obedeció humildemente la ley de la circuncisión, ofreciendo su carne delicadísima al filo del cuchillo.

A los doce años quiso enseñarnos, de manera especial, esta virtud. Después de haber sido hallado en el templo, volvió a Nazaret y vivió muchos años sujeto y obediente a su Madre Santísima y a San José, el humilde carpintero.

Cuando comenzó su vida pública y se dio a conocer al mundo por medio de la predicación, declaró expresamente que no venía a abolir la Ley, sino a cumplirla. Pagó el tributo al César y mandó también pagarlo. Se sometió a los tribunales y a las autoridades que lo juzgaron injustamente. Finalmente, aceptó con amor la terrible sentencia de muerte que le impusieron.

Medita, alma mía, quién es el que obedece: el Hijo de Dios. Considera a quién obedece: a su eterno Padre. Mira por amor de quién obedece: por amor a Dios y por amor a nosotros. Piensa también en todo aquello en que obedeció, y con cuánta mansedumbre abrazó siempre la voluntad divina.

Y al contemplar esta obediencia perfecta del Sagrado Corazón de Jesús, reconoce con humildad las faltas que has cometido contra esta virtud. Luego, lleno de arrepentimiento y confianza, haz la siguiente oración:

¡Oh Corazón obedientísimo de Jesús!

Por la obediencia pronta y rendida que practicasteis durante vuestra vida en la tierra, y por esa misma obediencia que continuáis manifestando cada día al descender desde el trono de vuestra Majestad hasta las manos de vuestros sacerdotes, concededme, Señor, la gracia de vencer mi amor propio.

Ese amor propio ha sido, y todavía es, la causa principal de tantas desobediencias con las que os he disgustado. Por eso os suplico que, de ahora en adelante, sepa escuchar con docilidad la voz de vuestras inspiraciones y obedecer fielmente los mandatos legítimos de mis superiores.

Así, unido a vuestro Corazón obedientísimo, pueda alabaros y bendeciros por toda la eternidad.

Amén.

Después, se rezarán cinco Padrenuestros y cinco Glorias, en reverencia a las virtudes representadas en los atributos con que el Divino Corazón se manifestó a Santa Margarita María de Alacoque.

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SEGUNDO DÍA

Considera cuán grande fue el amor que tuvo el Corazón de Jesús a la virtud de la pobreza, pues siendo Rey y Señor del Universo, se dejó ver en este mundo tan pobre, que causó la mayor admiración a cuantos conocieron su Majestad y grandeza.

Como pobre eligió por Madre a una pobre doncella y por Padre putativo a un pobre artesano; nació en un portal medio arruinado; fue envuelto en pobres pañales, y reclinado en un pesebre.

Como pobre no quiso que su Madre ofreciese al Sacerdote sino las dos tórtolas o pichones que, según la ley, debían ofrecer los pobres en la presentación de sus niños en el Templo.

Como pobre vistió siempre un hábito ordinario y pobre; usó de manjares comunes y pobres; eligió por discípulos a unos pobres pescadores; fue el protector y panegirista de la pobreza; y murió tan pobre, que no tuvo en donde reclinar su cabeza, ni sepulcro en donde depositar su Sagrado Cuerpo.

Aprende, si eres pobre, a estimar y llevar con gusto las escaseces y necesidades de la pobreza. Confúndete, si eres rico, del demasiado apego que has tenido o tienes a los intereses temporales, y con un firme propósito de corregir tus defectos, haz ahora la oración siguiente.

ORACIÓN FINAL DEL SEGUNDO DÍA

¡Oh Jesús dulcísimo! ¡Oh dechado perfectísimo de pobreza! ¿Es posible que haya de conservar todavía tanto afecto y adhesión a unos bienes caducos y perecederos, viéndoos tan pobre y necesitado en este mundo?

¿Es posible que haya de mirar con tedio la menor necesidad, cuando no he querido remediar la grave de mi prójimo, pudiendo fácilmente haberla remediado?

¡Oh Dios de bondad! Tened compasión y misericordia de mí; ablandad este duro corazón; desprendedlo del amor desordenado a las riquezas y bienes temporales; no me los concedáis, si os agrada; y si fuere vuestra voluntad no permitáis que estos bienes sean un lazo para mi condenación eterna. Haced, más bien, que sean un medio para reparar mis pecados y para alcanzar algún día la misericordia que habéis prometido a quienes practican la misericordia con vuestros pobres.

Amén.

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TERCER DÍA

Contempla cuánto amó el Corazón de Jesús la virtud de la pureza y de la castidad.

Esto se manifiesta, en primer lugar, en el misterio de su Encarnación. Aunque quiso asumir las miserias propias de nuestra frágil humanidad, no quiso venir al mundo según el modo común de los hombres, sino que eligió por Madre a una Virgen purísima.

También se manifiesta en el cuidado que tuvo al formar su colegio apostólico. No rechazó a Judas, aunque sabía su traición, ni a San Mateo, que había sido publicano; pero no quiso admitir entre sus discípulos a ninguno marcado por la impureza.

Se manifiesta, además, en el singular cariño que tuvo por el purísimo San Juan. A él le permitió reclinar la cabeza sobre su pecho y sobre su Corazón; y a él, como premio de su virginidad, lo señaló como hijo y custodio de su purísima Madre.

Se manifiesta también en su Pasión. Permitió ser acusado de blasfemo, de impostor, de ambicioso, de traidor y de enemigo del César; pero no permitió que ninguno de sus falsos acusadores le atribuyera la más leve mancha contra su pureza.

Finalmente, considera el dolor que sintió su purísimo Corazón al verse despojado de sus vestiduras durante la Pasión. Según algunos santos contemplativos, ese dolor fue tan grande que sobrepasó incluso el causado por los azotes, las espinas, los clavos y los demás instrumentos con que lo atormentaron los verdugos.

Examina ahora, con sinceridad, cuánto has estimado esta hermosa virtud. Y al reconocer con humildad los descuidos que hayas tenido en conservar la castidad propia de tu estado, haz la siguiente oración:

ORACIÓN FINAL DEL TERCER DÍA

¡Oh Corazón purísimo de Jesús! ¡Oh espejo clarísimo de castidad y continencia! ¡Con cuánta razón podemos temer el que que bebamos hasta el final el cáliz de vuestra justa indignación. Después de tantos avisos y castigos con que habéis querido corregir nuestras liviandades, parece que los hombres siguen corrompiendo sus caminos, mirando con horror, e incluso con desprecio, una virtud que tanto amó vuestro purísimo Corazón.

Pero, Señor, ¿quién podrá poner remedio a tanto mal sino Vos, que podéis hacer surgir hijos de Abraham aun de las piedras?

Ea, Jesús mío: por vuestro dulcísimo Corazón, iluminad nuestro entendimiento, para que conozcamos el abismo al que nos conduce la pasión impura cuando domina el alma.

Inflamad nuestra voluntad y abrasad nuestros corazones con el fuego de ese amor purísimo que consume vuestro Corazón. Haced que lloremos amargamente los excesos cometidos por el amor desordenado, y que nuestras lágrimas de arrepentimiento atraigan sobre nosotros no el rigor de vuestra justicia, sino la abundancia de vuestras grandes misericordias.

Amén.

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CUARTO DÍA

En este día medita las grandes humillaciones a las que, por amor a ti, quiso someterse el Corazón de Jesús durante su vida santísima.

En la Encarnación, como dice el Apóstol, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo.

En la Circuncisión y en el Bautismo, quiso aparecer como pecador, aunque era la misma inocencia.

En el desierto, se humilló hasta permitir ser tentado por el Demonio y llevado por él.

En el Cenáculo, se abajó hasta arrodillarse para lavar los pies de sus discípulos, incluso los de Judas, el más ingrato de los hombres.

En los tribunales, apareció como reo, convertido en oprobio de los hombres y despreciado por el pueblo.

Y finalmente, en el Calvario, se humilló hasta sufrir la muerte más afrentosa: la muerte de Cruz.

A todas estas humillaciones debes añadir el profundo abatimiento al que se ve reducido en el augusto Sacramento del Altar, donde tantas veces ha sido ultrajado, profanado y tratado con irreverencia por la ingratitud de los hombres.

Después de examinar cómo has vivido tú la virtud de la humildad, contempla con asombro a un Dios reducido a un estado tan humilde, y dile con todo el corazón:

ORACIÓN FINAL DEL CUARTO DÍA

¡Oh Corazón humildísimo de Jesús!

¡A qué extremo de abatimiento os ha llevado el amor que tenéis a los hombres! Y, sin embargo, ¡hasta dónde llega nuestra ingratitud! Vos nos invitáis y nos exhortáis, con vuestras palabras y con vuestro ejemplo, a ser mansos y humildes de corazón; pero nosotros muchas veces no queremos abatir nuestro orgullo, nuestra vanidad ni nuestra soberbia.

Así es, Maestro celestial: lo confieso lleno de vergüenza. No soy digno del glorioso título de discípulo vuestro, porque he sacado muy poco fruto de tantas lecciones de humildad.

Pero si, a pesar de mi indignidad, os dignáis soportarme y conservarme en vuestra escuela, yo propongo firmemente hacer todos los esfuerzos posibles para seguiros por el camino de la humildad y de las santas humillaciones.

Ayudadme a vencer los obstáculos que me pongan el mundo, el demonio y mi propio amor propio. Confiado en los auxilios de vuestra gracia, quiero aprender de Vos, que sois manso y humilde de Corazón.

Amén.

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QUINTO DÍA

Contempla la paciencia invencible y la perfecta resignación con que el amabilísimo Corazón de Jesús soportó los trabajos y sufrimientos que quiso abrazar por amor a nosotros.

Fueron tan grandes, tan diversos y tan continuos, que ningún entendimiento humano puede comprenderlos del todo, ni lengua alguna puede explicarlos dignamente.

Desde el instante de su Encarnación hasta el momento en que entregó su espíritu en manos de su eterno Padre, toda su vida fue un continuo padecer.

Padeció las mayores afrentas y dolores en su Cuerpo. Sufrió las más terribles congojas y agonías en su Corazón y en su Alma. Soportó las calumnias más atroces contra su honor y su reputación. Padeció no solo de parte de sus enemigos y extraños, sino también de parte de sus amigos y de los más cercanos.

Y todo lo sufrió sin abrir sus labios para quejarse, sin concederse siquiera el inocente desahogo de una sola lamentación. Lo aceptó con tal disposición de ánimo y con tanta conformidad a la voluntad del Padre, que habría sufrido mil muertes, si esa hubiera sido la voluntad de su eterno Padre.

Examina ahora cómo has vivido tú esta virtud de la paciencia. Y al reconocer las muchas faltas que has cometido contra ella, pide perdón a tu Divino Maestro y dile con humildad la siguiente oración:

ORACIÓN FINAL PARA EL QUINTO DÍA

¡Oh Jesús pacientísimo!

¡Oh inocentísimo y mansísimo Cordero!¡Qué vergüenza y confusión me causa fijar hoy mis ojos en vuestro Corazón!

¡Qué vergüenza y confusión me causa fijar hoy mis ojos en vuestro Corazón!

Vos, que sois la inocencia misma, llevasteis durante toda vuestra vida, con perfecta paciencia y resignación, una pesadísima cruz de tribulaciones.

Y yo, que soy tan pecador y miserable, muchas veces no tengo valor para soportar con paciencia ni el más pequeño padecimiento.

Si me enviáis una leve enfermedad, se me hace insoportable. Si me sobreviene una pequeña desgracia, mi mal humor se vuelve difícil de tolerar. Si alguien me ofende con una desatención o una falta de fidelidad, lo considero como si fuera un enorme crimen. Y si alguien me corrige o me señala un defecto verdadero, me resiento, me incomodo, me altero, y llego a verme como la persona más perseguida y desgraciada del mundo.

Así ha sido, Señor, mi conducta hasta ahora. Muy poco he procurado grabar en mi alma la heroica paciencia y resignación de vuestro dulcísimo Corazón.

Pero ¿qué otra cosa podíais esperar de un corazón tan tibio como el mío?

¡Padre de misericordia! No os acordéis de mis pasadas flaquezas. Perdonádmelas, pues las reconozco, las confieso y las detesto con todo mi corazón.

Con el auxilio de vuestra gracia, os prometo esforzarme por sobrellevar con paciencia todo lo que vuestra divina Providencia permita en mi vida: ya sea como reparación por mis culpas, ya sea como prueba de mi amor y fidelidad.

Amén.

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SEXTO DÍA

Contempla la bondad, la compasión y la inmensa misericordia con que el Corazón de Jesús miró, habló, trató y recibió a los pecadores arrepentidos.

Él mismo lo dijo:

No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.

Estas palabras preciosas no quedaron solo en promesa. Jesús las confirmó con innumerables ejemplos durante su vida.

Mira con qué amor, con qué afabilidad y con qué dulzura trató a la humilde y penitente Magdalena. Apenas reconoció su pecado y buscó al Señor con sincero arrepentimiento, Jesús no la rechazó ni la apartó de sí como si fuera indigna. Al contrario, le permitió acercarse a sus pies, regarlos con sus lágrimas y enjugarlos con sus cabellos.

Y volviendo hacia ella sus ojos llenos de compasión, le dijo:

Mujer, tus pecados te son perdonados.

Así trató también a la Samaritana, a la mujer adúltera y a San Pedro después de su caída. Y así ha tratado, trata y tratará a todos los pecadores que, arrepentidos, invoquen las misericordias de su tierno Corazón, por muchas y graves que hayan sido sus culpas.

Admírate, alma mía, ante tanta dulzura y compasión. Dale gracias al Sagrado Corazón por la misericordia que ha tenido contigo. Y, reconociendo la poca confianza que muchas veces has puesto en Él, dile con todo el fervor posible:

ORACIÓN FINAL PARA EL SEXTO DÍA

¡Oh Jesús dulcísimo! ¡Oh abismo de misericordia y de clemencia!

¿Quién no se conmoverá hasta las lágrimas al contemplar vuestro Corazón compasivo? ¿Quién podrá resistirse a amaros, honraros y rendiros culto? ¿Quién no querrá publicar por todo el mundo las grandezas de vuestra misericordia?

¿Quién no se animará, finalmente, a lanzarse en ese océano de bondad y a depositar en Vos toda su confianza?

¡Oh Dios de mi corazón! Muchos y grandes han sido mis pecados. Pero aunque hubieran sido más numerosos y más graves todavía, nunca debería desconfiar de vuestra misericordia.

Confío, Señor, en que vuestro compasivo Corazón me perdonará, si permanezco fiel a los propósitos que he formado: imitar vuestras virtudes, vivir en vuestra gracia y perseverar en vuestra amistad hasta el último instante de mi vida.

Confortadme, Señor. Aumentad cada vez más mi confianza en Vos, para que jamás quede confundido.

Amén.

LECCIÓN PARA EL SÉTIMO DÍA

En este día has de considerar el ardiente celo que abrasó el Corazón de Jesús por el honor de la casa de su Padre, el cual podrás conocer si atiendes al grande enojo que concibió cuando entrando en el templo de Jerusalén, y viéndolo convertido en casa de negociación, cogió un látigo, derribó las mesas de los cambistas, y las jaulas de los que vendían palomas y los hizo salir de aquel Santo lugar a latigazos.

De aquí debes colegir al mismo tiempo cuán desagradables le serán las menores profanaciones de nuestros Templos, cuando un Señor que trataba con la mayor dulzura a los mayores pecadores, y tan manso, que como dijo un Profeta no era capaz de romper una caña quebradiza, ni apagar con su aliento una candela moribunda, no pudo sufrir se vendiesen en aquel, a pesar de ser tan solamente una figura de los nuestros, unos animales que la misma Ley tenía como santificados y destinados para el servicio del Altar, y se vio precisado a empuñar en su blanda mano el azote, y a usar de tanto rigor con los que ejercían este comercio.

Examina el modo con que te has conducido en los Templos del Señor, y asombrado de la paciencia con que ahora sufre las innumerables irreverencias y desacatos con que se profana su Santa Casa, humíllate en su presencia y dile la oración siguiente.

ORACIÓN

¡Oh ultrajado Redentor! ¡Oh Jesús, de tantos modos vilipendiado y ofendido! ¿Cuáles serán los sentimientos de vuestro Corazón al ver los innumerables insultos que estáis recibiendo todos los días de vuestros propios hijos en los mismos lugares que habéis elegido para recibir sus homenajes y colmarlos de beneficios?

¡Oh! Y con cuánta razón podéis decirnos con vuestro Profeta: yo os elegí por hijos, y os crié en el seno de mi Iglesia, os he nutrido nada menos que con mi propia sangre, os he exaltado hasta el extremo de haceros como unos dioses por medio de la participación de mi Santísimo Cuerpo; y cuando deseaba hubieseis venido a mi casa a rendirme las debidas gracias por este beneficio, no venís sino a despreciarme e insultarme con vuestros discursos y palabras ociosas, con vuestras miradas y posturas indecentes, con vuestros trajes provocativos y profanos, con vuestras continuas y voluntarias distracciones, y con toda especie de profanaciones e irreverencias.

Filios enutrivi, et exaltavi, ipsi vero spreverunt me.

Así es, mi dulce y amoroso Padre, este es el retorno que os damos los hombres por tanto como nos amáis. Abridnos los ojos para que conozcamos toda la enormidad de nuestra ingratitud, ablandad la dureza de nuestros corazones, para que penetrados de una viva compasión hacia vuestro ultrajado Corazón, lloremos amargamente nuestros excesos, y los reparemos asistiendo en adelante con el más profundo respeto y posible devoción a vuestro Santo Templo.

Amén.

SÉPTIMO DÍA

En este día contempla el ardiente celo que abrasó el Corazón de Jesús por el honor de la casa de su Padre.

Ese celo se manifestó con claridad cuando Jesús entró en el templo de Jerusalén y lo encontró convertido en lugar de comercio. Entonces tomó un látigo, derribó las mesas de los cambistas, expulsó a quienes vendían palomas y los hizo salir de aquel lugar santo.

De aquí debes comprender cuánto desagradan al Corazón de Jesús las profanaciones e irreverencias cometidas en sus templos.

Él, que trataba con tanta dulzura a los pecadores más grandes; Él, tan manso, que según el Profeta no quebraría la caña cascada ni apagaría la mecha que aún humea, no pudo tolerar que en el templo se comerciara con los animales destinados al servicio del altar.

Y si esto sucedió en el antiguo templo, que era solo figura de nuestros templos cristianos, ¿cuánto más le dolerán las irreverencias cometidas hoy en las iglesias donde Él permanece realmente presente en el Santísimo Sacramento?

Examina, alma mía, cómo te has comportado en los templos del Señor. Considera la paciencia con que Jesús soporta tantas distracciones voluntarias, faltas de respeto e irreverencias en su santa Casa. Luego, humíllate ante su presencia y dile con sincero arrepentimiento:

ORACIÓN FINAL PARA EL SÉPTIMO DÍA

¡Oh Redentor ultrajado! ¡Oh Jesús, tantas veces despreciado y ofendido!

¿Qué sentirá vuestro Corazón al ver las ofensas que recibís cada día de vuestros propios hijos, precisamente en los lugares que habéis escogido para recibir nuestros homenajes y colmarnos de beneficios?

Con cuánta razón podríais decirnos por medio del Profeta:

“Yo os escogí por hijos, os crié en el seno de mi Iglesia, os alimenté con mi propia Sangre y os elevé por la participación de mi Santísimo Cuerpo. Y cuando esperaba que vinieseis a mi casa para agradecerme tantos beneficios, venís muchas veces a despreciarme con palabras ociosas, miradas distraídas, posturas irreverentes, vestidos poco modestos, distracciones voluntarias y toda clase de faltas de respeto.”

Así es, dulce y amoroso Jesús. Ese ha sido muchas veces el retorno que os hemos dado los hombres por tanto como nos amáis.

Abridnos los ojos para que comprendamos la gravedad de nuestra ingratitud. Ablandad la dureza de nuestros corazones, para que, movidos por una verdadera compasión hacia vuestro Corazón ultrajado, lloremos sinceramente nuestros excesos.

Concedednos la gracia de reparar nuestras faltas asistiendo de ahora en adelante a vuestro santo templo con recogimiento, respeto profundo y verdadera devoción.

Amén.

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OCTAVO DÍA

Hoy contempla a tu divino Maestro enseñándote, desde la Cátedra de la Cruz, aquella doctrina celestial que dio a sus discípulos y, en ellos, a todos los cristianos:

Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero Yo os digo: amad a vuestros enemigos.

Aviva, pues, tu Fe. Trasládate en espíritu al Calvario. Ponte junto a la Santísima Virgen María y contempla a Jesús en aquel patíbulo de ignominia: clavado en la Cruz, coronado de espinas, consumido por la sed, insultado y escarnecido por sus enemigos.

Y, sin embargo, su Corazón estaba tan abrasado en las llamas de la caridad hacia aquellos mismos que lo habían crucificado y se burlaban de Él, que pronunció estas palabras llenas de misericordia:

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Era como si dijera:

“Padre mío, mirad el estado al que me ha reducido el amor que tengo a los hombres. Por todos derramo mi Sangre, y por todos quiero morir, sin excluir de este beneficio ni siquiera a los más miserables, aunque sean mis mayores enemigos, como lo son ahora los que me han crucificado.

Tened compasión de estos infelices. Hacedles conocer el enorme crimen que cometen, para que lo detesten, alcancen el perdón y no se pierda en ellos el fruto de mi Pasión. Porque si su ceguera no les hubiera impedido conocer quién soy, jamás me habrían crucificado.”

Aprende de aquí, alma mía, a sofocar en tu corazón los resentimientos nacidos de los agravios, insultos o desprecios que hayas recibido de tu prójimo.

Pide al Señor que, a imitación de tu Divino Maestro, conceda luz y gracia a quienes te han ofendido, para que conozcan sus extravíos. Y perdónalos, por tu parte, por amor a Jesús.

Y deseando reparar desde ahora el olvido que has tenido de esta doctrina evangélica, dile con todo el corazón:

ORACIÓN FINAL PARA EL OCTAVO DÍA

¡Oh Corazón magnánimo y generoso de Jesús!

¿Qué agravios he podido recibir de mis prójimos que puedan compararse con los que Vos recibisteis de vuestros enemigos? ¿Y qué son esas ofensas comparadas con las que yo mismo he tenido el atrevimiento de haceros a lo largo de mi vida?

Y, sin embargo, al veros tan compasivo con todos los que os agraviaron, ¿cómo es posible que yo sienta tanta repugnancia para compadecerme de quienes me han ofendido?

¡Oh Dios mío, Dios mío! ¡Qué duro y pesado ha sido mi corazón, que no se ha dejado atraer por los grandes ejemplos del vuestro!

Pero ya no quiero vivir así, Jesús mío.

Quiero seguiros por el camino que Vos me enseñáis, perdonando por vuestro amor todos los agravios que se me han hecho o se me hicieren. No quiero desviarme ni a la derecha ni a la izquierda de las reglas de la caridad que habéis dado a vuestros discípulos.

Sostenedme, Dios mío, en estos santos propósitos. Dadme gracias poderosas para cumplirlos, de modo que conserve intacta la caridad, que es la principal señal de los devotos de vuestro Corazón.

Así podré amaros y poseeros por toda la eternidad.

Amén.

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ÚLTIMO DÍA

En este último día contempla a tu divino Maestro mostrándote los excesos de su infinita caridad y pidiéndote, como respuesta, tu corazón.

Imagínalo conduciéndote, lleno de bondad, a un lugar íntimo y reservado. Allí te descubre, como lo hizo con Santa Margarita María, su amante Corazón, y te dice:

“Mira este Corazón, que ha amado a los hombres hasta el extremo de agotarse y consumirse por ellos.

Este es el Corazón que, movido a compasión por vuestras miserias, me llevó a bajar del Cielo, a vivir una vida pobre y llena de trabajos, y a entregar mi Cuerpo a las cadenas, a las bofetadas, a los azotes, a las espinas y a los clavos penetrantes, hasta morir después de tres horas de mortales agonías.

Este es el Corazón que, deseando unirse a vuestras almas, me hizo como olvidarme de mí mismo y me llevó a entregaros, antes de morir, mi Cuerpo, mi Sangre, mi Divinidad, mis infinitos méritos y todo cuanto podía daros.

Este es, finalmente, el Corazón que pudo haberte abandonado por lo mal que has correspondido a tantos beneficios. Pero, en lugar de abandonarte, ha sufrido tus ingratitudes, te ha buscado, te ha invitado al perdón, te ha perdonado tus flaquezas, te ha admitido en esta escuela y quiere coronar todos estos favores encerrándote dentro de sí.

Quiere que ardas en su amor y que acabes tus días en una morada tan dulce.

¿Qué más podía hacer este Corazón para amarte, hijo mío?

Piénsalo bien a solas. Y si después de considerar tantas delicadezas quieres ser agradecido y ofrecerme algo que pueda colmar mis deseos, sabe que no deseo sino tu pobre corazón.

Ese es el que vine a buscar desde el Cielo. Ese ha sido el blanco de mis amores.

Dámelo, pues, hijo mío. Pero dámelo humilde, obediente, pobre, casto, paciente, celoso de mi gloria, caritativo y adornado con las virtudes que te he enseñado en esta novena.”

Dame, hijo mío, tu corazón.

Alma mía, corazón mío, ¿qué respondes a tu Padre y Maestro? ¿Te despedirás de Él sin aprovechar esta hermosa ocasión que te ofrece para asegurar tu felicidad eterna? ¿Y si esta ocasión fuera, acaso, la última de tu vida?

Oración final

No, Jesús dulcísimo. No, Divino Maestro. No, mi tierno y amoroso Padre.

He sido un hijo rebelde e ingrato, pero no quiero sellar mi rebeldía con una ingratitud todavía mayor.

Bendito sea vuestro Corazón, que ha ablandado mi dureza con tantos cariños y me hace una dulce violencia para que me entregue por completo a Vos.

Sí, dulce amor mío: ya no puedo resistir las fuertes impresiones que han dejado en mi alma vuestra bondad y vuestra ternura al pedirme el corazón.

Os lo ofrezco gustoso. Os lo doy contento. Tomadlo, recibidlo.

Pero no, Padre mío; perdonad mi atrevimiento, nacido del deseo que Vos mismo me inspiráis de ser todo vuestro.

No debo entregaros un corazón tan pobre de virtudes y tan poco parecido al vuestro, sin que hagáis conmigo un milagro como el que hicisteis con Saulo, o sin que me concedáis tiempo y gracia para seguir aprendiendo en vuestra escuela las virtudes que todavía me faltan, hasta llegar a ser un verdadero amante de vuestro dulcísimo Corazón.

Esta es, oh buen Jesús, la gracia final que os pido en esta novena: para mí, para todos los que rezan esta devoción, para quienes sostienen vuestro culto y para todos los bienhechores que ayudan a propagar la devoción a vuestro Sagrado Corazón.

Recibidnos y guardadnos a todos dentro de vuestro Corazón.

Haced que caminemos unidos por las hermosas sendas de vuestras virtudes, para que un día lleguemos a unirnos con Vos con vínculos indisolubles y eternos.

Amén.

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2. Gozos al Sagrado Corazón de Jesús para rezar en la fiesta

Escuela de perfección
y de virtudes modelo,
¡oh Divino Corazón!,
dad a los nuestros consuelo.

Por curar la inobediencia,
causa del primer pecado,
rendiste al Padre, humillado,
la más perfecta obediencia:
para enseñarme esta ciencia
bajaste del alto Cielo.
¡Oh Divino Corazón!, etc.

A pesar de ser Señor
del mundo y de sus riquezas,
de la más alta pobreza
fuiste maestro y seguidor:
tu celestial esplendor
cubriste con ese velo.
¡Oh Divino Corazón!, etc.

De una cándida azucena,
Lirio divino, naciste,
y al virgen Juan distinguiste
ya en la Cruz, ya en la cena:
lo impuro te causó pena,
la inmodestia desconsuelo.
¡Oh Divino Corazón!, etc.

Siendo el Mesías deseado
de todo el orbe, te veo
sentenciado como reo,
y del pueblo desechado
al verte tan humillado
de luto se cubrió el Cielo.
¡Oh Divino Corazón!, etc.

¿Quién podrá la magnitud
de tu paciencia entender,
si fue un puro padecer
desde el pesebre a la Cruz?
Ejercer esta virtud
fue siempre tu ansia y desvelo.
¡Oh Divino Corazón!, etc.

¡Qué dulce, qué enternecido
recibes al pecador,
si reconoce su error
y te busca arrepentido!
Su culpa echas en olvido,
y lo levantas del suelo.
¡Oh Divino Corazón!, etc.

En el templo te indignaste
al ver a ciertos profanos,
y aun con tus benditas manos
de aquel lugar los echaste;
con esto nos enseñaste
cuál debe ser nuestro celo.
¡Oh Divino Corazón!, etc.

Por todos los pecadores
hiciste al Padre oración,
porque con esta lección
imitemos tus fervores;
tan amorosos ardores
deshagan el duro hielo.
¡Oh Divino Corazón!, etc.

Las llamas que te rodean,
y en que te estás abrasando,
nos están manifestando
que entre caridad campeas;
las espinas son preseas,
y la Cruz todo tu anhelo.
¡Oh Divino Corazón!, etc.

Escuela de perfección
y de virtudes modelo,
¡Oh Divino Corazón!,
dad a los nuestros consuelo.

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