Cada 12 de agosto, la Iglesia celebra a Santa Juana Francisca Fremiot de Chantal, una mujer que conoció el éxito, el matrimonio, la maternidad, el dolor de la viudez y, finalmente, la entrega total a Dios.
Su vida demuestra que la santidad no consiste en vivir sin sufrimientos, sino en aprender a descubrir la voluntad de Dios en medio de ellos.
Cuando Dios cambia nuestros planes
Juana llevaba una vida feliz junto a su esposo, el barón Cristóbal de Chantal. Formaban un hogar profundamente cristiano y tuvieron varios hijos.
Pero todo cambió de manera inesperada.
Su esposo murió durante una jornada de caza, dejando a Juana viuda con cuatro hijos pequeños.
Cualquier persona habría comprendido que se dejara dominar por la tristeza o incluso por el deseo de venganza contra quien había causado accidentalmente aquella muerte.
Sin embargo, ella eligió otro camino.
Decidió aceptar aquella cruz como venida de la Providencia de Dios.
No porque el sufrimiento fuera bueno en sí mismo, sino porque sabía que Dios puede sacar un bien incluso de las pruebas más dolorosas.
El perdón que vence al odio
Uno de los episodios más admirables de su vida fue el perdón.
Lejos de alimentar resentimiento, Juana perdonó sinceramente al responsable de la muerte de su esposo.
¡Qué difícil resulta esto para el corazón humano!
Vivimos en una sociedad que constantemente nos invita a responder al mal con más resentimiento.
El Evangelio, en cambio, propone algo mucho más exigente: vencer el mal con el bien.
Santa Juana comprendió que un corazón lleno de odio nunca podrá pertenecer completamente al Sagrado Corazón de Jesús.
Un corazón transformado por el Sagrado Corazón
Años después conoció a San Francisco de Sales.
Aquella amistad espiritual cambió profundamente su vida.
Guiada por este gran santo, comprendió que Dios la llamaba a una misión nueva.
Juntos fundaron la Orden de la Visitación de Santa María, destinada a acoger especialmente a mujeres que, por su edad o por su delicada salud, no podían soportar las austeridades de otras órdenes religiosas.
Su espiritualidad tenía un rasgo muy particular.
No buscaba actos extraordinarios.
Buscaba vivir con extraordinario amor las pequeñas fidelidades de cada día.
Y esa enseñanza conserva hoy toda su actualidad.
La gran batalla de nuestro tiempo
Vivimos en una época que exalta la autonomía personal.
Se nos repite constantemente que debemos hacer siempre nuestra voluntad, seguir nuestros deseos y buscar nuestra propia realización.
Pero el Evangelio enseña exactamente lo contrario.
La paz no nace cuando hacemos lo que queremos.
La paz nace cuando hacemos lo que Dios quiere.
Santa Juana Francisca descubrió esta verdad después de perder casi todo lo que amaba.
Y precisamente entonces encontró una alegría mucho más profunda.
Porque dejó de preguntarse:
“¿Qué quiero yo?”
Y comenzó a preguntarse:
“¿Qué quiere Dios de mí?”
El camino hacia el Corazón de Jesús
Toda la vida de Santa Juana Francisca de Chantal fue una preparación para pertenecer completamente a Cristo.
Comprendió que el Sagrado Corazón de Jesús no busca solamente nuestra admiración.
Quiere nuestro corazón.
Quiere que aprendamos a perdonar cuando resulta difícil.
Quiere que permanezcamos fieles cuando llegan las pruebas.
Quiere que aceptemos su voluntad incluso cuando no comprendemos sus designios.
Hoy muchas personas buscan la paz cambiando las circunstancias de su vida.
Santa Juana nos enseña un camino muy distinto.
La verdadera paz comienza cuando dejamos de resistirnos a Dios.
Cuando dejamos que sea el Sagrado Corazón quien gobierne nuestras decisiones, nuestras familias y nuestro futuro.
Porque solo entonces el corazón humano encuentra el descanso que tanto busca.
Y solo entonces puede hacerse realidad la gran promesa que Nuestro Señor hizo a Santa Margarita María: que su Divino Corazón reine en las almas, en las familias y en el mundo entero.