Cada 8 de septiembre la Iglesia celebra una fiesta muy especial: el nacimiento de la Santísima Virgen María.
Y vale la pena preguntarnos: ¿por qué celebrar con tanta alegría el nacimiento de Nuestra Señora?
Porque aquel día no nació simplemente una niña.
Entró en el mundo la Madre del Salvador.
Una luz en medio de un mundo oscuro
Cuando nació la Virgen María, el mundo estaba profundamente marcado por el paganismo.
La idolatría dominaba pueblos enteros, abundaban los vicios y la humanidad llevaba siglos esperando al Mesías prometido. Externamente, nada parecía haber cambiado: los grandes imperios seguían en pie, los poderosos continuaban gobernando y el paganismo parecía triunfante. Y, sin embargo, en una humilde familia había nacido una niña.
El Doctor Plinio Corrêa de Oliveira hace una bellísima consideración: con el nacimiento de María comenzó, silenciosamente, la derrota de aquel mundo pagano.
Porque aquella niña sería la Madre de Jesucristo.
La criatura que Dios había preparado
Nuestra Señora vino al mundo de una manera absolutamente singular.
Había sido concebida sin pecado original y estaba llena de gracias como ninguna otra criatura.
Por eso, el Dr. Plinio compara su nacimiento con la salida del sol y señala que incluso esa imagen resulta insuficiente para expresar lo que significó su llegada al mundo.
A simple vista era una niña, pero en ella Dios estaba preparando algo inmenso. La Virgen María sería aquella que daría su consentimiento a la Encarnación, aquella que llevaría a Jesús en su seno y aquella de quien nacería el Salvador del mundo.
Por eso, su nacimiento ya anunciaba que la Redención estaba cerca.
También nosotros vivimos tiempos difíciles
Hay algo especialmente consolador en esta fiesta para nuestro tiempo.
También hoy vemos muchas razones para preocuparnos. Es cotidiano ver familias que se deshacen, hijos que abandonan la Fe, una sociedad cada vez más alejada de Dios y confusión incluso entre muchos católicos.
A veces podríamos pensar que el mal avanza demasiado y preguntarnos qué puede hacer una familia cristiana frente a todo esto.
La Natividad de Nuestra Señora nos recuerda algo importante:
Dios puede estar preparando grandes gracias precisamente cuando todo parece más oscuro.
Cuando María nació, el mundo no supo lo que acababa de ocurrir.
Pero Dios ya había puesto en marcha el acontecimiento que cambiaría la historia.
Nuestra Señora nunca abandona a sus hijos
El Dr. Plinio termina aquella consideración con una enseñanza llena de esperanza: la Santísima Virgen no abandona a sus hijos y, aun en las situaciones más difíciles, viene en su ayuda, les da fortaleza y los sostiene para cumplir su deber.
Esta puede ser nuestra confianza en el día de su nacimiento. Aunque tengamos problemas familiares que parecen no tener solución, no perdamos la esperanza.
Así como su nacimiento anunció silenciosamente la llegada del Salvador, la presencia de Nuestra Señora puede traer luz también a las situaciones más oscuras de nuestra vida.
Hoy celebremos a nuestra Madre
En los cumpleaños solemos felicitar a quien amamos.
Hoy podemos hacer algo semejante con Nuestra Señora.
Recemos un Rosario en su honor.
Encomendémosle nuestra familia.
Pidámosle especialmente por aquellos hijos o nietos que necesitan volver a Dios.
Y agradezcamos a Nuestro Señor por habernos dado una Madre tan extraordinaria.
Es el momento de pedirle una gracia muy especial:
que así como su nacimiento trajo esperanza a un mundo sumergido en la oscuridad, haga nacer también la esperanza, la Fe y el amor a Dios dentro de nuestras familias.