Hoy comienza septiembre, un mes muy especial para quienes tenemos devoción al Padre Pío.
El próximo 23 de septiembre la Iglesia celebra a San Pío de Pietrelcina, aquel humilde sacerdote capuchino que llevó en su propio cuerpo los estigmas de la Pasión de Nuestro Señor y cuya vida estuvo enteramente dedicada a conducir las almas hacia Dios.
Por eso quisiera proponerle algo sencillo:
no dejemos pasar septiembre como un mes cualquiera.
Vivámoslo de la mano del Padre Pío.
El santo que todavía atrae multitudes
Francesco Forgione nació en Pietrelcina, Italia, en 1887. Fue ordenado sacerdote en 1910 y pasó gran parte de su vida en San Giovanni Rotondo, un pequeño lugar que terminaría siendo conocido en todo el mundo.
Miles de personas comenzaron a viajar hasta allí para asistir a sus Misas, confesarse con él o pedirle una oración.
Pero sería un error pensar que las multitudes acudían solamente por sus estigmas, sus milagros o los fenómenos extraordinarios relacionados con su vida.
El verdadero centro de su misión era otro: salvar almas.
El altar y el confesionario fueron los dos grandes centros de su apostolado.
Pasaba largas horas escuchando confesiones y podía mostrarse muy exigente con quienes se acercaban sin verdadero arrepentimiento. No buscaba tranquilizar superficialmente las conciencias. Quería reconciliar verdaderamente las almas con Dios.
Un santo para tiempos de combate
El Padre Pío conocía muy bien la realidad del combate espiritual.
Sufrió tentaciones, persecuciones, incomprensiones y grandes dolores físicos y espirituales.
Pero nunca abandonó sus armas.
Una de ellas era el Santo Rosario, al que llamaba precisamente su “arma”.
La otra gran fuente de su fortaleza era la Eucaristía.
Para él, la Santa Misa no era simplemente una devoción más. Era el mismo Sacrificio del Calvario que se hace presente sobre nuestros altares.
Y junto a la Eucaristía estaba siempre Nuestra Señora.
Pocos días antes de morir dejó una recomendación que resume buena parte de su vida espiritual:
“Amad a la Santísima Virgen. Hacedla amar. Rezad el Rosario. Rezadlo bien.”
¿Cómo podemos vivir este mes del Padre Pío?
Quizá septiembre sea una buena oportunidad para preguntarnos cómo está nuestra propia vida espiritual: cuánto tiempo hace que no hacemos una buena confesión, con qué disposición asistimos a la Santa Misa, si rezamos todavía el Rosario en nuestras familias y si estamos luchando seriamente contra aquello que nos aleja de Dios. El Padre Pío nos recuerda que la vida cristiana no puede reducirse a una fe cómoda, sino que exige combatir, rezar, acercarnos al sacramento de la Confesión y a Nuestro Señor en la Eucaristía, confiando profundamente en la protección de Nuestra Señora.
Pongamos septiembre bajo su intercesión
Durante este mes que hoy comienza, acerquémonos de manera especial al Padre Pío.
Pidámosle por nuestras familias, por nuestros hijos y nietos, por nuestras enfermedades, preocupaciones y necesidades.
Pero pidámosle, sobre todo, algo todavía mayor:
que nos ayude a acercarnos verdaderamente a Dios.
Porque detrás de los estigmas, de los milagros y de los extraordinarios dones que recibió, esa fue la gran misión de su vida: llevar las almas a Jesucristo. Que este septiembre no pase sin dejar algún fruto espiritual en nuestra vida. Recemos más, acerquémonos a los sacramentos y tomemos nuevamente el Rosario entre nuestras manos.
Y pidamos juntos:
Padre Pío, interceda por nosotros y por nuestras familias, y ayúdenos a permanecer siempre unidos al Sagrado Corazón de Jesús.