El Santo Cura de Ars: cuando Dios demuestra que la santidad vale más que el talento

Cada 4 de agosto, la Iglesia celebra a San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, patrono de los párrocos del mundo. Su vida es una de las pruebas más extraordinarias de que Dios no necesita hombres brillantes según los criterios del mundo, sino almas completamente entregadas a Él.

Quien hubiera conocido al joven Juan María probablemente jamás habría imaginado que llegaría a ser uno de los sacerdotes más grandes de la historia de la Iglesia.

Tuvo enormes dificultades para estudiar. Le costaba aprender el latín y muchos dudaban de que pudiera llegar al sacerdocio.

Pero Dios veía lo que los hombres no alcanzaban a ver.

Veía un corazón dispuesto a entregarse sin reservas.

La grandeza de un alma

Vivimos en una época que admira la inteligencia, el éxito y la capacidad de hablar.

Sin embargo, el Santo Cura de Ars nos recuerda que la verdadera grandeza de un sacerdote —y de cualquier cristiano— no se mide por sus talentos naturales, sino por el grado de unión con Dios.

Su vida estaba marcada por la oración, la penitencia y una profunda humildad.

Pasaba largas horas delante del Santísimo Sacramento.

Dormía poco.

Ayunaba con frecuencia.

Ofrecía sacrificios constantes por la conversión de los pecadores.

No buscaba una vida cómoda.

Quería parecerse cada vez más a Jesucristo.

Un reflejo del Buen Pastor

El Doctor Plinio Corrêa de Oliveira afirmaba que la vida de los santos permite contemplar, como en un espejo, algunos de los atributos de Nuestro Señor Jesucristo.

Cada santo refleja una perfección particular del Divino Salvador.

En el Cura de Ars resplandece especialmente la misericordia del Sagrado Corazón.

Miles de personas acudían desde todos los rincones de Francia para confesarse con él.

No iban simplemente porque fuera un buen consejero.

Iban porque encontraban en aquel humilde sacerdote algo del mismo Corazón de Cristo.

Encontraban un pastor que lloraba por los pecadores, que rezaba por ellos y que dedicaba su vida entera a reconciliarlos con Dios.

Su confesonario llegó a convertirse en un verdadero púlpito de la misericordia divina.

El sacerdote que venció al demonio

La santidad del Cura de Ars no pasó desapercibida para el enemigo.

Durante años sufrió fuertes ataques y tentaciones del demonio, que intentaba impedir su misión.

Lejos de desanimarse, aquellas pruebas fortalecían todavía más su confianza en Dios.

Sabía que cuanto mayor era el combate, mayor era también la importancia de las almas que el Señor quería salvar por medio de su ministerio.

Hoy hablamos mucho del combate espiritual.

El Cura de Ars no escribía teorías sobre él.

Lo vivía cada día.

¿Qué necesita realmente el mundo?

Con frecuencia pensamos que la Iglesia necesita mejores estrategias, mejores campañas o mejores medios de comunicación.

Todo ello puede ser útil.

Pero la historia del Cura de Ars nos enseña que la verdadera renovación comienza por la santidad.

Un solo sacerdote completamente entregado a Dios transformó un pequeño pueblo desconocido en un centro de peregrinación para toda Europa.

No lo hizo con grandes recursos.

Lo hizo con la gracia de Dios.

Porque un alma unida al Sagrado Corazón de Jesús vale más que todos los medios humanos cuando se trata de salvar almas.

Una llamada para nuestro tiempo

Vivimos en una sociedad donde el pecado ha dejado de llamarse pecado.

Muchos ya no sienten la necesidad de confesarse.

Otros han perdido el sentido de la gracia.

Frente a esta realidad, el ejemplo del Santo Cura de Ars resulta más actual que nunca.

Él comprendió que la mayor obra de caridad consiste en devolver las almas a Dios.

Por eso pasaba hasta dieciséis horas al día en el confesionario, esperando pacientemente a quien quisiera reconciliarse con el Señor.

Su vida fue un reflejo del Corazón misericordioso de Cristo.

Y esa sigue siendo la misión de la Iglesia: conducir a los hombres al encuentro con Aquel que vino “a buscar y salvar lo que estaba perdido”.

Que San Juan María Vianney interceda por todos los sacerdotes, para que sean hombres de oración, de pureza de vida y de celo por las almas.

Y que también nosotros aprendamos, siguiendo su ejemplo, que la verdadera grandeza no consiste en ser admirados por el mundo, sino en pertenecer por completo al Sagrado Corazón de Jesús.

 

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