En algún punto de nuestra vida espiritual todos nos hemos encontrado con la pregunta acerca de lo que nos vendrá después del juicio de Dios. En este punto se puede meditar ampliamente sobre los novísimos: muerte, juicio, cielo e infierno.
Pero hoy hablaremos de aquello que muchos consideran más accesible y menos terrible que la condenación eterna: el purgatorio. Y si bien no es un destino definitivo como el cielo o el infierno, sí es parte de lo que acontece después de la muerte.
Definamos, pues, lo que es el purgatorio. Según el catecismo de San Pío X, es: “el estado de purificación final donde las almas de quienes mueren en gracia de Dios, pero con pecados veniales o penas temporales pendientes, expían sus faltas antes de entrar al cielo”.
Esta definición es esencial para comprender su finalidad. Así como Nuestro Señor murió por nosotros para abrirnos las puertas del cielo, también nosotros necesitamos purificarnos de nuestras imperfecciones antes de contemplar a Dios cara a cara.
Desde aquí surge la pregunta del título: ¿es necesario rezar por ellas? ¿Las almas que ya están salvadas necesitan nuestras oraciones? Desde una mirada superficial podría pensarse que no, que sería más urgente rezar por quienes no conocen la fe, por quienes viven alejados de Dios o por quienes aún no han iniciado un camino de conversión.
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Y ciertamente es un deber cristiano orar por ellos. Sin embargo, las almas del purgatorio tienen una condición que no debemos olvidar: no pueden hacer nada por sí mismas. Sufren con esperanza, sí; pero no pueden ofrecer nuevos méritos, ni acelerar su purificación por sus propios medios.
San Pablo nos recuerda: “Si la obra de alguno se quema, sufrirá pérdida; él será salvo, aunque, así como por fuego” (1 Cor 3, 15). Y Nuestro Señor advierte: “No saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo” (Mt 5, 26).
Nosotros, que aún vivimos, podemos ofrecer oraciones, sacrificios, penitencias, limosnas y, sobre todo, el Santo Sacrificio de la Misa. Ellas no. Y, sin embargo, cuántas veces olvidamos a nuestros familiares, amigos y bienhechores que quizá están pasando por esa purificación dolorosa esperando nuestra caridad.
Decía san Alfonso María de Ligorio que las almas del purgatorio son profundamente agradecidas y que, cuando llegan al cielo, interceden por quienes las ayudaron.
Santa Margarita María de Alacoque dejó testimonio de cómo algunas almas liberadas del purgatorio se le manifestaron llenas de gozo al entrar en la gloria. Le aseguraron que la muerte puede separar a los amigos, pero no desunirlos, y que la ingratitud jamás ha entrado en el cielo. Esta enseñanza nos recuerda que toda oración ofrecida por ellas tiene eco eterno.
Por ello, el Canal del Sagrado Corazón de Jesús ha lanzado la campaña espiritual “30 misas por las almas del purgatorio”, que se llevará a cabo del 18 de febrero al 26 de marzo. Durante este tiempo se ofrecerán treinta Santas Misas por su pronta liberación, invitando a los fieles a unirse con sacrificios, comuniones ofrecidas y obras de misericordia.
Únete espiritualmente a estas 30 misas y ofrece, durante este tiempo, tus comuniones y pequeños sacrificios por las almas que más lo necesitan.
Participar en esta campaña es un acto concreto de caridad cristiana. La Misa es el mayor auxilio que podemos ofrecer, pues es el mismo sacrificio redentor de Cristo aplicado en favor de las almas.
Estamos ya en un tiempo propicio de conversión y preparación espiritual. La cercanía de la Cuaresma nos recuerda la importancia del sacrificio y la reparación.
Comparte esta iniciativa y anima a otros a rezar por las almas del purgatorio; una oración más puede significar una liberación más pronta.
Recemos por las almas del purgatorio. Algún día, cuando nosotros necesitemos esas oraciones, otros podrán hacer por nosotros lo que hoy hacemos por ellas.
“No se puede negar que las almas de los difuntos son aliviadas por la piedad de sus parientes vivos, cuando se ofrece por ellos el sacrificio del Mediador o se hacen limosnas en la Iglesia. Pero estas cosas aprovechan solamente a aquellos que, mientras vivían, merecieron que después les pudieran aprovechar.” — Enchiridion, 110 – San Agustín