En medio de uno de los períodos más turbulentos de la historia moderna —la Revolución Francesa, cuando la fe era perseguida y la Iglesia humillada por un régimen que pretendía sustituir a Dios por el Estado— surgió un sacerdote cuya vida se convirtió en testimonio de fidelidad inquebrantable al Evangelio: el Beato Pierre-François Jamet.
Pierre-François Jamet nació el 13 de septiembre de 1762 en Fresnes, Francia, en una familia humilde de agricultores. Desde joven sintió el llamado a servir a Dios, y estudió filosofía y teología en la Universidad de Caen. Fue ordenado sacerdote el 22 de septiembre de 1787.
Fidelidad en el corazón de la tempestad
Pocos años después de su ordenación, estalló la Revolución Francesa (1789), y con ella una ola de secularismo, violencia y hostilidad abierta contra la Iglesia. Bajo leyes revolucionarias, al clero se le exigía prestar un juramento de lealtad a la nueva Constitución Civil del Clero, una traición a la unidad de la Iglesia y a la autoridad de Cristo. Muchos cedieron, aterrados por las consecuencias. Pero Jamet se negó firmemente a prestar ese juramento, consciente de que ningún poder humano puede arrebatar la primacía de Dios en el corazón del cristiano.
Por esta decisión —un acto de coherencia heroica— fue perseguido, denunciado, arrestado y expuesto incluso a amenazas de muerte. Durante casi una década vivió entre escondites, persecuciones y desplazamientos, sin abandonar nunca a los fieles que lo necesitaban.
Sacerdote para los últimos
El período revolucionario fue terrible: sacerdotes fusilados, templos profanados y comunidades dispersas por toda Francia. Frente a ese panorama desolador, Jamet no se escondió. Con valor apostólico, viajó de pueblo en pueblo, administrando los Sacramentos a los enfermos y moribundos, animando a los fieles a perseverar en la fe, y acompañando especialmente a los más necesitados.
Cuando las persecuciones comenzaron a disminuir hacia 1796, Jamet se dedicó a restaurar la Congregación de las Hermanas del Buen Salvador, que había estado al borde de la desaparición. Fue nombrado capellán y confesor de la comunidad y, después, su superior. Bajo su dirección, las hermanas recuperaron su espíritu, celebraron la liturgia con dignidad y trabajaron en la evangelización y la asistencia de los pobres.
Un renovador incansable y santo pastor
La fidelidad de Jamet no se limitó a sobrevivir a la Revolución. Tiempo después, con la Iglesia ya restaurada en Francia, continuó su misión con creatividad y caridad. Fundó escuelas y centros para la formación de niños y para la educación de los sordomudos, incluso desarrollando métodos propios de enseñanza para ellos. Estas obras de caridad lo hicieron merecer la Legión de Honor en 1827 por parte del rey Carlos X, en reconocimiento a su servicio a la Iglesia y a la sociedad.
Más tarde fue nombrado Rector de la Universidad de Caen, donde defendió la enseñanza católica frente a corrientes secularistas. Sin embargo, cuando Francia volvió a experimentar tiempos políticos inciertos en 1830, renunció a ese cargo, mostrando una vez más que su compromiso no estaba con el poder humano sino con Cristo y con su Iglesia.
Un legado de fe que perdura
Jamet murió el 12 de enero de 1845, rodeado de respeto, cariño y admiración por quienes conocieron su vida de entrega. El Papa Juan Pablo II reconoció su heroicidad espiritual y lo beatificó el 10 de mayo de 1987.
Su vida sigue siendo un ejemplo para toda familia y toda comunidad cristiana: firmeza ante el error, fidelidad a Cristo incluso cuando la sociedad se vuelve hostil, caridad hacia los más vulnerables y creatividad en la evangelización.
Lecciones para nuestros días
El beato Pierre-François Jamet nos recuerda que la verdadera fe no se mide en épocas de paz, sino en tiempos de prueba. Como sacerdote, enfrentó una revolución que buscaba erradicar las raíces cristianas de una nación y, a pesar de ello, jamás renunció a su identidad cristiana. Su ejemplo nos inspira hoy a mantenernos fieles a nuestra fe en medio de un mundo que frecuentemente confunde libertad con relativismo, y progreso con ruptura de la ley de Dios.
Que su valentía nos ayude a vivir con audacia el Evangelio en nuestras familias, en nuestras parroquias y en cada circunstancia de la vida.