Vivimos en un mundo que busca por todos los medios evitar el sufrimiento. Se nos promete una vida cómoda, sin sacrificios, sin contrariedades y en la que podamos satisfacer todos nuestros deseos. Sin embargo, basta observar a nuestro alrededor para descubrir una paradoja: cuanto más empeñada está nuestra sociedad en escapar del sufrimiento, más difícil parece resultarle encontrar la verdadera paz.
La vida de San Pedro de Alcántara, uno de los grandes penitentes de la Iglesia, nos ayuda a comprender una verdad que el mundo moderno ha olvidado: el sufrimiento, cuando es aceptado por amor a Dios, puede convertirse en una fuente extraordinaria de fortaleza espiritual.
Un santo que hizo de la penitencia un camino de santidad
San Pedro de Alcántara nació en España en 1499 e ingresó muy joven en la Orden franciscana. Desde sus primeros años religiosos se distinguió por su humildad, espíritu de oración y extraordinaria austeridad. Llegó a ser un gran predicador, reformador de la vida franciscana y director espiritual de Santa Teresa de Jesús, quien admiraba profundamente su santidad.
Su vida estuvo marcada por rigurosas penitencias, ayunos y privaciones que hoy nos resultan difíciles de imaginar. Sin embargo, aquellas mortificaciones tenían una finalidad profundamente sobrenatural: dominar las pasiones, desprenderse de los bienes pasajeros y unir su vida cada vez más estrechamente a Jesucristo.
El Doctor Plinio Corrêa de Oliveira, al comentar su vida, señala que los grandes santos penitentes desempeñan una misión especial dentro de la Iglesia, pues mantienen vivo, mediante su ejemplo, el espíritu de sacrificio que todos los cristianos necesitamos para alcanzar la santidad.
¿Por qué sufrimos tanto cuando buscamos una vida cómoda?
Aquí encontramos una de las enseñanzas más interesantes del Doctor Plinio. El hombre que considera que la vida debería transcurrir sin dificultades termina sintiéndose profundamente frustrado ante cualquier contrariedad. Una enfermedad, una preocupación económica, una humillación o incluso un pequeño inconveniente cotidiano pueden convertirse en motivos de amargura cuando esperamos que todo suceda conforme a nuestros deseos.
Por el contrario, quien comprende que el sufrimiento forma parte de nuestra condición humana y aprende a aceptarlo cristianamente adquiere una fortaleza interior que las circunstancias exteriores difícilmente pueden destruir.
Esto resulta especialmente importante cuando atravesamos pruebas que parecen prolongarse indefinidamente. Pensemos en una madre que sufre por un hijo alejado de Dios, en quien padece una enfermedad dolorosa o en una familia que enfrenta graves dificultades económicas. La Fe nos enseña que esas cruces, ofrecidas a Nuestro Señor, pueden adquirir un valor espiritual inmenso.
Como explica el Doctor Plinio, el alma verdaderamente fuerte también siente el dolor, pero aprende a soportarlo con serenidad, sin permitir que la contrariedad destruya su confianza en Dios.
Aprender a llevar nuestra cruz
San Pedro de Alcántara nos recuerda que la penitencia cristiana tiene distintas formas. Existen los sacrificios voluntarios, como el ayuno, las renuncias y las mortificaciones practicadas prudentemente por amor a Dios. Pero también existe una penitencia que todos encontramos en nuestra vida: aceptar con paciencia las cruces que la Providencia permite.
Para la mayoría de nosotros, este puede ser el camino más inmediato de santificación. Sobrellevar una enfermedad sin perder la confianza, perdonar una ofensa, cumplir nuestros deberes cuando estamos cansados o aceptar con humildad una situación que escapa a nuestro control son ocasiones concretas para practicar el espíritu de sacrificio.
Esto no significa que debamos buscar enfermedades, renunciar a los tratamientos necesarios o permanecer pasivamente ante las injusticias. Significa que, cuando el sufrimiento llega y no podemos evitarlo legítimamente, podemos unirlo a la Cruz de Nuestro Señor en lugar de permitir que nos conduzca a la desesperación.
El Sagrado Corazón de Jesús, que tanto sufrió por amor a nosotros, es el modelo perfecto de esta aceptación sobrenatural del sacrificio. Contemplando su Pasión comprendemos que el dolor ofrecido por amor puede dar frutos que superan cuanto alcanzamos a ver en esta vida.
El verdadero heroísmo cristiano
El Doctor Plinio concluye su reflexión con una enseñanza todavía más profunda: el espíritu de penitencia prepara al cristiano para combatir con fortaleza contra el mal.
Quien aprende a dominar sus propios deseos, aceptar las contrariedades y sacrificar su comodidad por amor a Dios adquiere también la disposición necesaria para defender la Fe, resistir las tentaciones y permanecer fiel cuando hacerlo exige sacrificios.
Esta es una lección especialmente necesaria en nuestros días, cuando tantas veces se presenta la comodidad como el mayor bien al que podemos aspirar.
San Pedro de Alcántara nos muestra un ideal mucho más elevado: la verdadera grandeza del alma consiste en amar tanto a Dios que estemos dispuestos a sufrir por permanecer fieles a Él.
En este día, pidamos su intercesión para comprender mejor el sentido cristiano del sufrimiento. Que nuestras enfermedades, preocupaciones familiares y dificultades cotidianas puedan convertirse en ocasiones de crecimiento espiritual y que, al contemplar el Sagrado Corazón de Jesús, encontremos la fortaleza necesaria para llevar nuestras cruces con Fe, paciencia y esperanza.
¡San Pedro de Alcántara, alcánzanos la gracia de aceptar nuestros sufrimientos con amor a Dios y de permanecer fieles a Jesucristo en todas las pruebas de nuestra vida!