Cada 29 de septiembre la Iglesia celebra la fiesta de San Miguel, San Gabriel y San Rafael Arcángeles, tres grandes espíritus celestiales cuyos nombres aparecen en las Sagradas Escrituras y que cumplen misiones extraordinarias dentro de los designios de Dios.
En una época en la que muchas personas han dejado de pensar en la realidad del mundo espiritual, esta fiesta nos recuerda una verdad fundamental de nuestra Fe: no estamos solos en el combate por nuestra salvación. Dios ha querido servirse también de sus ángeles para ejecutar sus designios, proteger a sus hijos y combatir las fuerzas del mal.
Entre los tres grandes Arcángeles, hay uno cuya figura resulta especialmente necesaria para nuestro tiempo: San Miguel, Príncipe de la Milicia Celestial.
San Miguel y el primer gran combate
El Doctor Plinio Corrêa de Oliveira presenta a San Miguel, ante todo, como un extraordinario modelo de humildad cristiana. Para comprenderlo debemos remontarnos al gran combate entre los ángeles fieles y aquellos que se rebelaron contra Dios.
Lucifer, movido por el orgullo, rechazó someterse al Altísimo. San Miguel tomó exactamente la posición contraria: reconoció la grandeza de Dios, permaneció fiel y encabezó a los ángeles buenos.
Por eso su propio nombre expresa una profesión de humildad y fidelidad: “¿Quién como Dios?”
Esta pregunta contiene toda una doctrina para nuestra vida. Frente al orgullo que pretende colocar nuestra voluntad por encima de la voluntad divina, San Miguel proclama que solamente Dios es Señor y que toda criatura encuentra su verdadera grandeza cuando reconoce su dependencia del Creador.
Precisamente por eso, el Doctor Plinio presenta a San Miguel como el gran adversario del orgullo de Lucifer.
El Arcángel que nos enseña a combatir
Pero San Miguel también aparece como modelo de fortaleza.
El Doctor Plinio lo llama “modelo del guerrero cristiano”, porque encabezó a los ángeles fieles en el combate contra Lucifer y sus seguidores. De esta escena extrae una enseñanza especialmente importante: la vida cristiana exige hacer el bien y también resistir el mal.
Esta realidad puede resultar incómoda para una época que muchas veces confunde la bondad con la indiferencia.
El cristiano está llamado a amar, perdonar y practicar la misericordia, pero también debe permanecer firme cuando su Fe, su familia o la ley de Dios son atacadas.
Existe un verdadero combate espiritual por nuestras almas. Lo vemos cuando aparecen tentaciones que intentan alejarnos de Dios, cuando nuestros hijos y nietos reciben influencias contrarias a la Fe, cuando el pecado comienza a considerarse normal o cuando sentimos la tentación de abandonar nuestros principios para acomodarnos al espíritu del mundo. En esos momentos necesitamos recordar que San Miguel continúa siendo nuestro auxilio en el combate espiritual.
Pero San Miguel también aparece como modelo de fortaleza.
El Doctor Plinio lo llama “modelo del guerrero cristiano”, porque encabezó a los ángeles fieles en el combate contra Lucifer y sus seguidores. De esta escena extrae una enseñanza especialmente importante: la vida cristiana exige hacer el bien y también resistir el mal.
Esta realidad puede resultar incómoda para una época que muchas veces confunde la bondad con la indiferencia.
El cristiano está llamado a amar, perdonar y practicar la misericordia, pero también debe permanecer firme cuando su Fe, su familia o la ley de Dios son atacadas.
Existe un verdadero combate espiritual por nuestras almas.
Lo vemos cuando aparecen tentaciones que intentan alejarnos de Dios, cuando nuestros hijos y nietos reciben influencias contrarias a la Fe, cuando el pecado comienza a considerarse normal o cuando sentimos la tentación de abandonar nuestros principios para acomodarnos al espíritu del mundo.
En esos momentos necesitamos recordar que San Miguel continúa siendo nuestro auxilio en el combate espiritual.
San Gabriel: el mensajero de la Encarnación
Junto a San Miguel celebramos también a San Gabriel Arcángel, cuyo nombre quedó unido para siempre a uno de los acontecimientos más grandes de la historia.
Fue enviado por Dios a Nazaret para anunciar a la Santísima Virgen María que sería la Madre del Salvador.
San Gabriel llevó el mensaje que precedió inmediatamente a la Encarnación del Verbo y escuchó de labios de Nuestra Señora aquel “Hágase en mí según tu palabra” que abrió paso al cumplimiento del plan divino.
Por eso su figura nos recuerda la importancia de escuchar la voz de Dios y recibir con docilidad su voluntad.
San Rafael: compañero en el camino
La Iglesia celebra igualmente a San Rafael Arcángel, cuya intervención encontramos especialmente en el libro de Tobías.
Allí aparece como compañero de viaje, protector y instrumento de la Providencia. Su misión está vinculada de manera particular con la protección, la curación y la conducción segura por los caminos de la vida.
Su figura puede ser especialmente consoladora para las familias. Todos tenemos personas queridas que quisiéramos proteger y acompañar, pero que muchas veces se encuentran lejos de nosotros o atraviesan situaciones que no podemos controlar. Podemos confiarlas a Dios y pedir también la asistencia de sus santos ángeles.
San Miguel ante el Santísimo Sacramento
Hay otro aspecto de la reflexión del Doctor Plinio que resulta particularmente hermoso para quienes tenemos devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
San Miguel es presentado también como modelo de los adoradores eucarísticos. La Sagrada Escritura nos muestra a los ángeles tributando adoración a Dios, y la tradición católica ha visto en San Miguel un especial servidor de la Majestad divina.
Esto nos permite contemplarlo desde una perspectiva muy profunda.
El mismo Arcángel que aparece como guerrero contra las fuerzas del mal es también un espíritu profundamente adorador.
Y ambas cosas están unidas.
Su fortaleza nace precisamente de su completa sumisión a Dios.
Esa es también una enseñanza para nosotros: cuanto más unidos estemos a Nuestro Señor, especialmente en la Eucaristía, más fuertes podremos ser frente a las tentaciones y dificultades de nuestra vida.
“San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla”
El Doctor Plinio recuerda también la célebre oración que el Papa León XIII dispuso que se rezara al final de la Santa Misa. En ella encontramos resumida la confianza que los católicos han depositado durante generaciones en el Príncipe de la Milicia Celestial.
En este 29 de septiembre podemos hacer nuestra esa súplica.
Pidamos a San Gabriel que nos enseñe a escuchar y aceptar la voluntad de Dios; a San Rafael, que acompañe y proteja a nuestras familias en el camino; y muy especialmente a San Miguel, que nos alcance fortaleza para permanecer fieles en medio del combate espiritual.
Encomendémosle nuestros hogares, nuestros hijos y nuestros nietos. Pidámosle que los defienda de las tentaciones, del pecado y de todo aquello que pueda apartarlos de Dios.
Y cuando sintamos que nuestras propias fuerzas son insuficientes, recordemos el grito que desde el comienzo expresó la fidelidad de San Miguel:
¿Quién como Dios? ¡Nadie como Dios!
Que San Miguel, San Gabriel y San Rafael Arcángeles nos protejan, nos acompañen y nos conduzcan siempre hacia el Sagrado Corazón de Jesús.