Los estigmas del Padre Pío: el misterio que explica su misión

Hoy, 23 de septiembre, celebramos la fiesta de San Pío de Pietrelcina, y entre todos los acontecimientos extraordinarios que marcaron su vida existe uno que resulta imposible separar de su figura: los estigmas que llevó durante cincuenta años.

Sus manos, sus pies y su costado llevaron las señales de la Pasión de Nuestro Señor. Pero si contemplamos aquellas heridas solamente como un prodigio extraordinario, podemos perder de vista su significado más profundo.

Los estigmas ayudan a comprender la propia misión del Padre Pío: unirse a la Pasión de Jesucristo y trabajar por la salvación de las almas.

Los estigmas comenzaron antes de que el mundo pudiera verlos

La historia de los estigmas del Padre Pío no comenzó públicamente en 1918. Según su correspondencia recogida por Regina Fidei, ya en 1911 el joven sacerdote había comunicado en secreto a su director espiritual que experimentaba intensos dolores y señales en las manos y los pies. Aquello permanecía oculto a los demás, mientras él intentaba comprender lo que estaba sucediendo.

Años después llegaría el acontecimiento que lo haría conocido en todo el mundo.

Era la mañana del 20 de septiembre de 1918. Después de celebrar la Santa Misa, el Padre Pío permaneció en el coro haciendo su acción de gracias. Allí ocurrió la experiencia que posteriormente relató al cardenal Raffaello Carlo Rossi, enviado como visitador por el Santo Oficio en 1921.

Según aquel relato, el Padre Pío experimentó primero un gran temblor seguido de una profunda calma y contempló a Nuestro Señor en actitud de crucificado. Cristo se lamentaba de la ingratitud de los hombres, especialmente de aquellos que habían recibido mayores gracias, y manifestaba su deseo de asociar almas a su Pasión.

El Padre Pío comprendió entonces que debía compadecer los dolores de Nuestro Señor, meditarlos profundamente y, al mismo tiempo, ocuparse de la salvación de sus hermanos.

Entonces escuchó unas palabras que explican buena parte de lo que sería el resto de su existencia:

“Te asocio a mi Pasión”.

Cuando aquella experiencia terminó, descubrió en su cuerpo las señales de la Pasión, de las cuales brotaba sangre.

¿Por qué recibió el Padre Pío los estigmas?

Este relato permite comprender algo fundamental.

Las heridas estaban relacionadas con una misión.

Según la explicación recogida por Regina Fidei, de las propias palabras del Padre Pío emergen tres dimensiones de aquella misión: asociarse a la Pasión de Jesús, compadecer los dolores de la Santísima Virgen y ocuparse de la salvación de las almas.

Estas tres realidades acompañarían su vida durante las décadas siguientes.

Por eso, los estigmas del Padre Pío adquieren todo su sentido cuando los contemplamos unidos a su extraordinario celo por las almas. Las heridas exteriores eran el signo visible de una vida profundamente identificada con Cristo sufriente.

Regina Fidei presenta al Padre Pío como un hombre que vivió durante cincuenta años llevando en su propio cuerpo las señales de Cristo crucificado, mientras dedicaba largas jornadas al confesionario y a conducir las almas nuevamente hacia Dios.

Cincuenta años llevando las llagas de Cristo

Aquellas heridas permanecieron durante aproximadamente cincuenta años.

Regina Fidei señala que los estigmas estaban localizados en las manos, los pies y el costado, y recoge también la tradición sobre una dolorosa herida en el hombro relacionada con el peso de la Cruz.

Pero detrás de todo esto había un sufrimiento real.

El propio Padre Pío reconoció que físicamente llegaba a padecer de tal manera que en algunos momentos sentía que ya no podía soportarlo.

Al mismo tiempo, los estigmas comenzaron a atraer cada vez más atención. Llegaban fieles, aumentaba enormemente la correspondencia y San Giovanni Rotondo comenzó a recibir multitudes.

Sin embargo, aquellas heridas señalaban hacia algo mucho más importante que el propio fraile.

Señalaban hacia Jesucristo crucificado.

Las heridas hablaban de la salvación de las almas

Aquí encontramos quizá la enseñanza más importante de los estigmas.

El Padre Pío había escuchado que debía ocuparse de la salvación de sus hermanos, y precisamente eso hizo durante el resto de su vida.

Regina Fidei recoge que podía permanecer durante muchísimas horas en el confesionario. Allí innumerables personas acudían buscando reconciliarse con Dios.

Así comprendemos mejor la unidad de su vida espiritual.

Los estigmas, la Santa Misa, sus sufrimientos y el confesionario formaban parte de una misma realidad: su deseo de llevar las almas a Dios.

Por eso la devoción al Padre Pío no debería detenerse únicamente en los fenómenos extraordinarios de su vida. Sus dones siempre deben conducirnos hacia aquello que él consideraba verdaderamente importante: la conversión, la oración y la salvación eterna.

¿Qué nos dicen hoy los estigmas del Padre Pío?

Vivimos en una época que busca evitar el sufrimiento a cualquier precio y que comprende cada vez menos el significado cristiano del sacrificio. La vida del Padre Pío nos recuerda que, cuando nuestros sufrimientos son ofrecidos a Dios y unidos a la Pasión de Cristo, pueden adquirir un sentido sobrenatural.

Esto resulta especialmente importante para quienes atravesamos enfermedades, problemas familiares, preocupaciones por nuestros hijos o pruebas que parecen demasiado pesadas.

El Padre Pío conoció profundamente el sufrimiento.

Y durante cincuenta años llevó sobre su propio cuerpo un recuerdo permanente de Cristo crucificado.

Por eso, en el día de su fiesta, podemos pedir su intercesión por nuestras necesidades, pero también podemos pedirle algo todavía más importante: que nos enseñe a unir nuestras cruces a la Cruz de Nuestro Señor y a preocuparnos verdaderamente por la salvación de las almas.

Porque quizá ahí se encuentra la explicación más profunda de sus estigmas.

Aquellas heridas hicieron visible en su cuerpo la misión que había recibido: estar unido a la Pasión de Cristo y trabajar por la salvación de sus hermanos.

Que en este 23 de septiembre San Pío de Pietrelcina nos alcance la gracia de acercarnos más a Jesús, ofrecer con Fe nuestros sufrimientos y trabajar también nosotros por la salvación de nuestras familias.

San Pío de Pietrelcina, ruegue por nosotros y llévenos siempre al Sagrado Corazón de Jesús.

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